La agricultura chilena enfrenta escenarios en que agua, temperaturas y otras variables agroclimáticas pueden variar dentro de un mismo predio y modificar los cultivos. Frente a fenómenos como El Niño y eventos extremos, el desafío ya no consiste solo en reaccionar ante el daño visible, sino en disponer de información del riesgo de manera localizada y oportuna que apoye la gestión productiva, junto con tecnologías de precisión 4.0 que faciliten estimaciones con la mayor anticipación posible para mejorar el rendimiento.
El Ingeniero Agrónomo y coordinador ejecutivo del proyecto FIC Cerezas ejecutado por la Universidad de O’Higgins (UOH), Jaime Varas, plantea que el agro está adoptando un salto tecnológico que combina sensores agroclimáticos, cámaras, drones y visión computacional que ya va siendo asequible a pequeños y medianos productores con información precisa que no se disponía en repositorios públicos.
“Este cambio fundamental es el paso de una gestión reactiva y uniforme a una gestión preventiva y localizada. La incorporación de nuevas tecnologías no busca reemplazar la experiencia del agricultor, pero los sensores y los datos en tiempo real (o cuasireal), otorgan una visibilidad profunda de los sistemas agrícolas permitiendo colaborar con la información en toda la cadena de valor”, señala Varas, al explicar los resultados que trae consigo la adopción de estas herramientas 4.0 a las pequeñas y grandes cadenas agroproductivas.
De la precisión a la anticipación
Para el experto en tecnológica agraria, uno de los primeros cambios debe ocurrir en la gestión cotidiana del predio. Según explica, la agricultura de precisión identifica diferencias entre sectores que antes recibían una misma dosis de agua o nutrientes y ajusta las aplicaciones a cada zona en particular. “El riego intrapredial automatizado, guiado por inteligencia artificial y sensores de suelo y planta, acerca el aporte hídrico a la necesidad del cultivo; mientras que imágenes multiespectrales pueden advertir estrés hídrico o problemas sanitarios antes del daño visible”, explica el coordinador FIC.
Por otra parte, Varas señala que los sensores que permiten obtener datos de humedad a distintas profundidades del suelo contribuyen a determinar su capacidad de campo y caracterizar sus parámetros físico-químicos, información clave para optimizar los tiempos y la frecuencia de riego. Asimismo, destaca que las estaciones agroclimáticas y los sistemas de monitoreo de microclima proporcionan información sobre variables como temperatura, humedad relativa y ocurrencia de heladas. Añade -además- que últimamente equipos de Agricultura de Precisión han incorporado dendrómetros inalámbricos que registran las variaciones en tiempo real del calibre de la fruta, aportando información del desarrollo de los frutales sobre la respuesta de los grados día y su avance fenológico.
“En una región agroexportadora como O’Higgins, expuesta a anomalías térmicas y variaciones de precipitaciones asociadas a El Niño, estas señales pueden acortar el tiempo entre una condición adversa y su oportuna solución. Si bien los sensores que miden una serie de variables climáticas, el monitoreo per se no protegerán de sus efectos, pero sí cambia drásticamente la capacidad de respuesta del productor”, sostiene el experto, a razón de los beneficios y desafíos presentes en la producción frutícola y agraria.
Drones, robótica y autonomía
La automatización constituye otro salto que Varas vincula al proceso de adaptación por el que debe atravesar el agro chileno. El ingeniero defiende esta inferencia dada su experiencia concreta en el Proyecto FIC Cereza “Transferencia de Tecnologías 4.0 para la Gestión del Riesgo en la Cadena de Valor de la Cereza en la Región de O’Higgins”, iniciativa que ya ha puesto a prueba tecnología de precisión en distintas comunas del territorio.
A su juicio, los drones y las plataformas robóticas terrestres pueden apoyar el monitoreo de los cultivos mediante la captura y procesamiento de información para el conteo de frutos, la estimación de rendimiento y la detección de anomalías. Asimismo, destaca que los avances en pulverizadores con sistemas que leen el dosel permiten ajustar las aplicaciones, dirigiéndolas únicamente hacia las zonas con presencia de follaje o plagas y reduciendo el uso innecesario de insumos. A ello se suman los sistemas mecánicos o de láser que complementan este conjunto de tecnologías que bien pueden adoptar las cadenas productivas. En cuanto a la cosecha automatizada, cree que esta representa un desafío mayor por la delicadeza de frutas como cerezas y arándanos; sin embargo, sugiere que la visión computacional y los modelos de IA abren nuevas posibilidades de desarrollo para esta labor desde plataformas robóticas.
Plantea que “continuar viendo la agrotecnología solo como un motor de ‘más kilos por hectárea’ es una visión obsoleta, considerando que hoy en día la tecnología es el principal escudo de adaptabilidad y resiliencia frente a la escasez hídrica y la volatilidad térmica”. De allí que sitúe las tecnologías 4.0 como parte de una estrategia de adaptación y autonomía que tienen como principal enfoque de atención la gestión hídrica, la inteligencia artificial, la integración de datos y la biotecnología aplicada como prioridad dentro los sistemas agroproductivos con el fin de optimizar los insumos en contexto de cambio climático.
Plataformas integradas
Desde esa perspectiva, el Ingeniero Agrónomo también defiende la proyección que tienen estas tecnologías hacia la sostenibilidad. Menciona que la biotecnología y el manejo de suelos, mediante bioinsumos, bioestimulantes y sensores microbiológicos, buscan regenerar su salud, aumentar la retención de humedad y fortalecer la resistencia biológica de las plantas. A ello suma las plataformas de telemetría e integración de datos que reúnen clima, riego, información satelital y costos en una sola pantalla, haciendo más rápida y certera la toma de decisiones, según detalla.



